Laforet, Carmen

Biografia

Carmen Laforet (Barcelona, 1921). Estudià lletres i Dret en la seva ciutat natal. Es donà a conèixer amb la seva novel·la Nada, premi Nadal del 1944, que es convertí en un autèntic èxit literari i que figurà entre les obres clau del realisme existencial que dominà el panorama narratiu europeu dels anys quaranta. Aquesta obra es considera, a més a més, com un dels més fidels testimonis de l’enfonsament de la petita burgesia durant els primers anys de la postguerra espanyola. Entre les seves publicacions posteriors destaquen les novel·les La isla y los demonios (1952), en què l’autora recorda els anys de la infantesa i adolescència que visqué a las Palmas, La nueva mujer (1955), sobre la seva reconversió al catolicisme, La insolación (1963) y Paralelo 35 (1967) l’antologia de contes La niña y otros relatos (1970) i l’assaig Mi primer viaje a USA. El 1955 li fou atorgat el Premio Nacional de Literatura.

Obra

Nada

Nada és la narració en forma autobiogràfica de l’experiència d’Andrea, des que arriba a l’estranya casa de la seva àvia materna al carrer Aribau, per a estudiar a la universitat, fins que abandona, desencantada, la ciutat quan acaba el curs acadèmic i es trasllada a Madrid. En aquell ambient res té a veure amb allò que havia imaginat. La seva àvia viu abandonada a la seva sort enmig d’altres familiars d’una influència més gran. Les relacions entre aquests i Andrea són turmentoses i desfermen turbulentes passions insospitades perAndrea en personatges excepcionals, únics, de baixos instints. Per exemple el seu oncle Román, que acabarà suicidant-se, és un home maniàtic i pertorbador, interessat per la música i la pintura que viu allunyat de la família i que és guanya la vida gràcies al contraban; Andrea descobreix que havia estat amant de la mare d’Ena, una companya de curs i també de la pròpia Ena. La seva tia Angústies refugia les seves frustracions en la religiositat i buscarà en un convent el substitut als seus fracassos, encara que la seva idiosincràsia no sigui inspirada en la idea del cristianisme. Andrea, doncs, xoca frontalment amb aquest ambient, pateix penalitats i descobreix el costat miserable de la vida mentre la seva tieta conca, la vigila per aïllar-la de l’infern d’immoralitat que ella creu que és aquesta ciutat. Quan se’n deslliura, navegarà a la deriva entre la seva vida universitària i la residència amb els seus familiars. És una obra que posa de manifest la sordidesa moral de la burgesia després del trauma de la guerra civil en un ambient gris d’una societat en descomposició. Barcelona serveix de marc i en ella la protagonista, enmig de legoisme i de l’odi, veu reduir-se a res les seves vivències, però queda, com una exposició, la fotografia d’un període històric.

Documentació

Article publicat a “El País” el 15/05/04 per Rafael Conte

La noche toledana de Laforet

Desaparecida del todo Carmen Laforet el pasado mes de febrero, se ha abierto la veda de sus inéditos, como era de esperar al tratarse de un auténtico mito de la literatura española del último siglo. Ya el año pasado y en esta misma editorial -todavía en vida una Laforet ya olvidada del mundo a causa del Alzheimer que padecía (aunque bien rodeada por el afecto de los suyos)- Israel Rolón Barada (uno de los preparadores de este nuevo libro) nos concedió en esta misma editorial su correspondencia con Ramón J. Sender, el gran novelista español que no pudo volver de su exilio (Puedo contar contigo) ya que se había convertido en uno de sus buenos amigos del final. Poco después también Destino recuperaba una de sus antiguas obras, su tercera y más endeble novela, La mujer nueva (de 1955), que sigue valiendo hoy más por su estudio de la condición femenina que por su historia de conversión religiosa, y hoy recupera un inédito de primera magnitud Al volver la esquina, el segundo volumen proyectado de su inacabada trilogía Tres pasos fuera del tiempo, de la que ya se había publicado en 1963 el primero, La insolación, que para algunos (Ignacio Soldevila, por ejemplo) era hasta hoy su mejor novela, superando incluso su tan celebérrima Nada inicial, con la que obtuvo en 1945 el primer Premio Nadal de la historia. Pero, como ya se sabe, allí -en 1963- se interrumpió para siempre la historia de Carmen Laforet como novelista, pues guardó a partir de entonces y hasta su reciente muerte un estricto silencio que ya nada turbó. Todo lo demás fueron artículos, viajes incesantes, antologías y hasta recopilaciones, siempre recibidas con respeto, cuando no con expectación: mientras ella iba olvidando al mundo, el mundo sin embargo no la olvidó a ella, pues hasta convirtió su silencio en uno de los mitos de las letras españolas de nuestros días. Carmen Laforet era un verdadero enigma que nadie pudo penetrar jamás, y mucho me temo que la publicación de Al volver la esquina seguirá dejando las espadas en alto y el enigma sin resolver, al menos hasta que se publique el manuscrito del tercer volumen de la trilogía, Toque de queda, en el estado en que se encuentre, que no se ha aclarado hasta hoy, pues tampoco se dice nada de ello en las dos presentaciones (de uno de sus hijos, Agustín Cerezales, y de Israel Rolón) de este nuevo libro. De hecho, todo lo que sabe- mos ya lo había dicho la propia Carmen Laforet en aquella introducción a La insolación, como recogió Martínez Cachero en su excelente reedición de 1992 para el Instituto de la Mujer. También en la vuelta de la cuarta de solapa se incluía la presentación editorial de esta segunda parte, Al volver la esquina, hasta con una breve descripción de “una gran pasión amorosa que cambia en un súbito viraje la vida de ‘Martín Soto’, el artista adolescente de La insolación, con un error en el nombre del nuevo personaje de ‘la pequeña Loli’, que se ha cambiado en ‘Soli’ en la versión final”. Carmen Laforet dijo en 1963 que con esta trilogía entraba en una fase de creación “más continuada y consciente”, como si fuera “un comienzo de lo que puedo escribir”. Trabajó durante tres años en una sola novela, Jaque mate, con un material “en mi imaginación destinado al fuego”, hasta que vio que tenía “terminadas tres novelas diferentes, cada una de ellas, un mundo cerrado y acabado”, y aunque debía haberlas publicado en orden inverso, prefirió hacerlo en el cronológico de su acción, que marca tres momentos de la vida de un hombre y de los últimos veinte años de la España de entonces. Ese momento sucede en tres veranos de principios de los cuarenta -La insolación-, en los primeros cincuenta, en Madrid (y sobre todo en Toledo, como se verá), en Al volver la esquina, y en los años sesenta (“en los que la escribo”) en Jaque mate. La editorial poseyó por tanto el manuscrito de este segundo volumen, pero la autora nunca devolvió las segundas pruebas de correcciones a las que todo autor tiene derecho, con lo que todo quedó en poder de la escritora hasta el rescate familiar que ha permitido su publicación póstuma. Aquí se dice que se han incluido las correcciones ya hechas, con lo que todo parece estar ya en orden, a la espera de la publicación del tercer volumen que podrá calmar las especulaciones o volver a suscitarlas, depende, y tasquemos freno que también da cierto gusto. Martín Soto, el artista ado- lescente del primer volumen, de 15 años, sexualmente indeciso y fascinado por dos hermanos, Anita y Carlos Corsi, se los vuelve a encontrar en Toledo 10 años después, ya pintor y heredero de la fortuna de sus abuelos, en medio de un turbión de sucesos y nuevos personajes que configuran una especie de vertiginosa “noche toledana” (una larga noche de insomnio y pesadillas, según los diccionarios) en una especie de fuga en la que desaparecerá, y que sólo recordará años después, tras las brumas de una memoria vacilante y soñadora, apoyada en un informe policial y bajo los consejos de una misteriosa terapeuta. Se trata de una noche prolongada, en un Toledo misterioso, negro y lluvioso, donde aparece un personaje espléndido, la niña Soledad, y reaparecen otros como su antigua amiga Anita Corsi, coqueta, misteriosa y quizá divorciada, y otro nuevo, su cuñada Zoila, artista casada con el hermano, en una extraña vacilación amorosa, que se cumplirá después con la segunda y quedará en suspenso con la primera otra vez. Esta primera parte es más vagorosa que la segunda, que sucede ya en Madrid, pero en la que sin embargo la narración resulta más concentrada y todo se precipita de manera más sólida y coherente. Como si Laforet no hubiera podido dar una última mano al relato, que siendo de primera magnitud, resulta menos unitario que la espléndida La insolación, cuya reedición anuncia próximamente esta misma editorial. Carmen Laforet no fue tan sólo un meteorito, sino una gran narradora, que en esta trilogía intentó separarse de las acusaciones de autobiografismo que le acompañaron desde su aparición, para dar “tres pasos fuera del tiempo” y crear un relato más objetivo y separado de sus propias experiencias, lográndolo muy bien en el primer volumen. Y aquí la recobramos con la rara virtud de un lenguaje expresivo, siempre moderado, intenso, íntimo y con una extraña capacidad sensorial, que describe como nadie las luces del mundo y las sombras de sus personajes. Una lectura siempre necesaria, que sin embargo nos muestra cómo la escritora llegó a perderse en una “noche toledana” de la que al final nunca pudo salir, por haberse salido de su mundo y del tiempo desgraciadamente para siempre.

Article publicat al diari “El País” el 23-03-2004 per Fernando Valls

Carmen Laforet, con y sin misterio

Cuentan las crónicas que la escritora Carmen Laforet había nacido en Barcelona hace 82 años; sin embargo, nunca tuve esa impresión, más bien hubiera dicho que era canaria. Lo cierto es que a los dos años se trasladó a Las Palmas y a los 18 volvió a la capital catalana. En ésta permaneció un par de años, hasta que se trasladó definitivamente a Madrid, en donde se casó con el periodista y crítico literario Manuel Cerezales, nacieron sus cinco hijos y ha fallecido. Es sabido que con su novela Nada obtuvo, en 1944, cuando sólo era una joven desconocida, el primer Premio Nadal. Un libro que fue recibido con numerosos elogios, entre los que habría que destacar los que le dedicaron Juan Ramón Jiménez, Azorín, Francisco Ayala y Miguel Delibes. Publicó después un puñado de libros más, pero ninguno llegó a alcanzar ni el interés ni la repercusión que tuvo su primera novela. Por eso, a partir de 1970 no volvió a publicar nada nuevo. Ante una trayectoria como ésta, parece inevitable que surjan algunas preguntas. ¿A qué se debió el acierto, el éxito de Nada? ¿Por qué no volvió a repetirlos? El caso es que con Nada se produjo a la vez toda una serie de condiciones que pueden explicar el éxito del libro: su autora era una mujer joven, que resultaba tan atractiva como inaprensible y que había acertado a la hora de plasmar aquellos primeros años del franquismo, las repercusiones de la Guerra Civil, el contraste entre una sociedad sórdida, derrotada, con las ansias de vivir de una joven que tiene toda la vida por delante, pero también muchos impedimentos para ser feliz. ¿Qué le pasó, entonces, a esta mujer para que no fuera capaz de madurar como escritora, de volver a darnos una obra de entidad? Es imposible responder con certeza a esta cuestión, pero sí podemos recordar que en la narrativa española de las últimas décadas existen otros ejemplos de escritores que no han logrado igualar en su obra posterior los aciertos de la primera. En su caso, se tiene la sensación de que, una vez compuestas las obras que tenían como fondo los avatares de su propia biografía, no fue capaz de obtener los mismos logros con la invención de otras vidas ajenas. Con frecuencia, las crónicas se han preguntado si la respuesta a este misterio se encuentra en su vida privada o bien en las condiciones en las que se desarrollaba la creación literaria en España durante el franquismo. La tentación más habitual es señalar que quizá se volcó en su vida y se dedicó al nomadismo; a buscar, en diversos viajes y estancias, alejada de su familia, lo que intuía que podría existir y es probable que no llegara a encontrar. Pero también sabemos de su tendencia al ensimismamiento, de sus deseos de abandonar temporalmente su entorno inmediato. A pesar de todo ello, siguió dedicándose con altibajos a la escritura sin dar nunca con otra obra que la satisficiera plenamente, hasta el punto de que decidió no publicar una novela de la que llegó a tener pruebas de imprenta. En el momento de morir, llevaba alejada de la vida pública literaria más de 30 años, desde que en 1970 publicó La niña y otros relatos en la atractiva colección “Novelas y cuentos”, que dirigía su marido, de quien se separó en esa misma fecha. En los últimos tiempos se ha intentado llamar la atención sobre su obra con la edición de su correspondencia con Sender y la reedición de su novela La mujer nueva, que algunos comentaristas poco atentos la han interpretado como un alegato feminista, cuando más bien debe leerse como el relato de una crisis mística y una vuelta al hogar. Mucho más interés tiene, en cambio, la edición de Nada de Domingo Ródenas de Moya, quien nos devuelve el texto limpio de las impurezas que el tiempo le había ido añadiendo, y el inteligente trabajo que Inmaculada de la Fuente le dedica en su libro Mujeres de la postguerra . La leyenda sobre Carmen Laforet y el prestigio de Nada fueron creciendo sin parar a lo largo de los años. Así, por ejemplo, un autor tan poco complaciente como Javier Marías la eligió entre las 10 mejores novelas españolas del siglo XX, en un balance que publicó la revista Quimera en abril de 2002. Una especie de gretagarbismo, culto al que se entregaron los autores de los años treinta, se repite en la posguerra, en cierta forma, con esta mujer. No hay más que observar sus fotos de aquellos años para entender lo que había en ella de mujer misteriosa: la media sonrisa, los pómulos acusados, la melena recortada en la nuca, una evidente timidez “mendigadora de afecto”, como recordaba su amigo Emilio Sanz de Soto. Así la debió de ver Cecil Beaton cuando la retrató en el Tánger de la década de 1950. Cuando fallece un escritor que nos interesa solemos preguntarnos por lo que perdurará de su trayectoria. En este caso la respuesta no me parece que sea demasiado arriesgada. En efecto, al valor indiscutible de su primera novela, si la juzgamos como tal y de una jovencísima autora, se añade la desazón de que nunca llegara a darnos la obra de madurez que cabía haber esperado. Tampoco olvidaremos la constante perplejidad que muestra la voz narradora, la extraña casa de la calle de Aribau, ni la capacidad de sorpresa de esa chica rara que volveremos a encontrar en obras de Ana María Matute, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite y Dolores Medio. Su firme vocación ha pervivido en alguno de sus hijos. Agustín Cerezales es autor, entre otras obras, de un primer libro de cuentos extraordinario, Perros verdes (1989). Tiendo a pensar que quizá la historia literaria de esta mujer sea más sencilla de lo que se dice. Es muy probable que todo en su existencia se produjera de manera mucho más natural: una chica joven escribe una novela tan curiosa como inquietante, luego se casa, tiene varios hijos, se convierte al catolicismo para abandonarlo poco después, publica otros libros que no cubren las expectativas, por lo que decide no publicar nada hasta estar convencida de su calidad, cosa que no llega a producirse. Quizá lo único extraño -tal como están hoy las cosas cuesta trabajo entenderlo- estribe en esa sensatez y exigencia inusuales de que hizo gala al reconocer su incapacidad para alcanzar de nuevo ese arte sincero, humilde y verdadero al que aspiraba con tanto afán.

Article publicat al diari “El País” el 13/03/04 per Juan Eduardo Zúñiga

Carmen, primavera, 1945

En las facciones acusadas -los pómulos marcados, la mandíbula fuerte-, yo intentaba descubrir los sentimientos, la historia de cierta madurez en los ojos, a veces prematura seriedad en la boca, pero sonreía y entonces retornaba a otra edad, de niña. Era tan joven por su peinado, por su escasa corpulencia que no se podía comprender cómo siendo así hubiese escrito aquella asombrosa novela que describía los más hirientes gestos en familias aturdidas por la avalancha de la reciente guerra. Ella, tan joven, se atrevía a narrar lo que se ocultaba y no se debía revelar en letra impresa. Buena parte de hombres y mujeres de entonces guardaban el secreto, unos, de haber sido vencidos, otros, de cómo pensaban, y otros, de tener dislocada la conciencia. Me presentó a Carmen Laforet un amigo. Ella estaba alegre aquella tarde y cómo no, con el reciente premio y la súbita fama, de lo cual hablamos y nada más, pues yo no sabía sino que era la autora de la crónica veraz de unos caracteres conflictivos, desordenados. Ahora, mi recuerdo lejano se fracciona en el espejo íntimo que captó tantas imágenes interesantes, y sólo creo recordar que en aquella habitación había música de baile y bebidas y una suave templanza y una pareja, amigos de Carmen, y el que nos invitaba a su casa, y como si no tuviéramos justificación de estar allí reunidos íbamos de un lado a otro buscando las palabras. Y sin embargo, pese a la lejanía, muchas más impresiones se acumularían en las horas, dos o tres, de la reunión, densas de sonrisas, de cumplidos, de observación, de cruce de ideas apenas dichas. Una pareja, con los que apenas hablé y a los que no presté atención hasta saber que sus nombres eran los de la dedicatoria que encabezaba Nada. Una joven polaca, Linka Babecka, y su marido, Pedro Borrell, que no tardarían en atraer toda mi curiosidad. Extraña pareja. Él, último de una familia de pintores catalanes, ponía en sus cuadros visiones terroríficas; con dibujo realista en sus óleos aparecían figuras simbólicas, salidas de un sueño alucinante. Pero Borrell nada tenía de pintor maldito sino de refinado burgués; murió en 1950. Y ella, Linka, ¿podría ser uno de los personajes de Nada?, ¿esa joven que cruza sus páginas de “cabello rubio, con la mirada verdosa, cargada de brillo y de ironías que tenían sus grandes ojos”? La tarde transcurría, sonaban piezas de moda, y las dos, Linka y Carmen, formaron pareja y se pusieron a bailar entre risas y bromas. Luego, todos fuimos a un balcón a ver cómo llegaba el oscurecer sobre viejos tejados. Quedamos en vernos algún día; nos encontramos varias veces para conversar, una de las veces en el bar Pekín (¿quién se acordará de él, frente al metro de Diego de León?) a tomar un café, compramos cigarrillos sueltos como entonces se vendían a los que poco teníamos y fumamos plácidamente. Leí Nada y tuve el deseo de comentarla, acaso como una prueba de adhesión. Aunque nunca lo había hecho escribí algo como una reseña y la ofrecí a una revista y con gran sorpresa mía la publicaron. Si no me equivoco, la primera crítica que tuvo Nada fue la que escribió el que más tarde sería su marido, Manuel González Cerezales. Hubo algo, quizá la última vez que nos encontramos en un café, que la memoria afectiva ha preservado: al despedirnos, me miró con atención y dijo para sí, murmurando, definiéndome en su intimidad: “Eduardo, raro”. No por esa rareza -de la que yo era consciente- y tampoco por una decisión de rotura, no hubo más llamadas de teléfono, y enseguida, la incertidumbre del destino, la conquista del trabajo, de la autoestima, de los riesgos que habría que salvar, no facilitaron motivos para estrechar la amistad y acercarnos en afinidades, en conocimientos, en vocación. Y tras esa breve amistad, y luego, cuanto yo por los periódicos fui sabiendo de Carmen y por la lectura de sus obras, hubo una distancia; ésta no hizo sino acrecentar una percepción mía, totalmente subjetiva, inmotivada pero poderosa, y era el aura de un secreto que la rodeaba como personalidad astral, como emanación de su naturaleza. Y recientemente, cuando leí la correspondencia entre Carmen y Sender, volví a tener conciencia de ese sutil, indecible secreto que trasciende inadvertido en algunas cartas. No era su reserva o su discreción: era igual a una invisible capa mágica con que protegía quién sabe qué, acaso su elaboración creadora, los rastros de experiencias, la honda herida incurable que, según escribió Elias Canetti, es condición imprescindible de todo gran y auténtico escritor. Han pasado muchos años y tras Carmen Laforet se han cerrado las puertas de la muerte, y ahora sólo quedan vestigios entristecidos del fugaz encuentro. Nada

Article publicat al diari “La Vanguardia” el 01/03/2004 per Juan Carlos Merino

Muere la escritora de Nada

La escritora catalana Carmen Laforet (Barcelona, 1921), que falleció el sábado en Madrid a los 82 años, fue enterrada ayer en el madrileño cementerio de La Almudena en la más estricta intimidad. Según explicó a “La Vanguardia” la hija de la autora de Nada, Silvia Cerezales Laforet, el próximo viernes, 5 de marzo, a las 20 h, se celebrará un funeral público en la iglesia de Montserrat de la capital (calle San Bernardo, 79). El óbito de Carmen Laforet, tras una larga enfermedad, se ha producido precisamente cuando su nombre había regresado a la actualidad literaria gracias a la publicación el año pasado de “Puedo contar contigo”, en el que Silvia Cerezales recopiló la correspondencia de su madre con Ramón J. Sender ­en la que la escritora explicaba las claves de su distanciamiento de la vida pública y literaria­, y ante la inminente edición, el próximo mayo, de Al volver la esquina , una novela inédita de los años setenta. Ayer, a las reacciones de dolor del mundo de la cultura, se sumaron algunos políticos. Tanto Andrés Trapiello como Rosa Regàs se confesaron lectores de Nada, la obra con la que Laforet obtuvo el primer premio Nadal, en 1944, ganando por la mano a algún “autor consagrado” (véase el artículo de Miguel Agustí en esta misma página). “Fue una mujer muy valiente que escribió una novela espléndida”, dijo Regàs. Luis Antonio de Villena, que conoció a la autora en los ochenta, la recordó como “una mujer muy sensible y una escritora rigurosa y exigente con ella misma”. El presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, destacó que la discreción de Laforet “la hace más admirable, porque es difícil que una persona que ha tenido un éxito importante no acabe siendo víctima de la publicidad excesiva”. La secretaria de educación y cultura del PSOE, Carme Chacón, dijo que su obra “es definitiva para entender una época” y que Nada le impresionó “como a muchos españoles” y le hizo “sentir de cerca la desolación de los años de posguerra que padecieron nuestros padres”. El presidente del PP de Catalunya, Josep Piqué, valoró su figura como “enormemente rupturista”.

Article publicat al diari “La Vanguardia” el 29/02/04

Lo que no contaba el No-Do

Lo que en la España miserable de los años 40 no contaba el No-Do lo contaba Nada, la novela con la que Carmen Laforet, con apenas veinte años, daba a conocer por medio de un realismo de “shock”, la cruda realidad de un país empapado en la ruina física de la guerra civil y la ruina moral. Cuando Ignacio Agustí y Josep Vergés idearon la creación del premio Eugenio Nadal, nadie podía imaginar que una joven desconocida iba a revolucionar las letras castellanas con una novela con la que se identificó toda una generación. Lo normal hubiera sido que el premio se lo llevara González Ruano, pero se lo llevó Carmen Laforet y la obra deslumbró iluminando los rincones más sombríos de la postguerra española de las chinches, el pan negro y la cartilla del racionamiento. Lo hicieron Cela con La Colmena en Madrid, y Laforet en Barcelona. A diferencia de muchas novelas del realismo patológico de aquellos años, Laforet supo hallar un lenguaje fresco, directo, que aún hoy goza de una modernidad sorprendente para transmitir al lector la visión asfixiada de un adolescente por temas que, al convertirse en metáfora, trasciende la época y las circunstancias del momento: “La crueldad doméstica, la insatisfacción sexual, la violencia que lo empapa todo. Una violencia de vencedores puesto que todos y cada uno de los personajes de algún modo se puede decir que han ganado la guerra, su guerra, esa gran batalla de la que ellos son supervivientes”, como señalaba Gregorio Morán, tras una relectura reciente del libro. Y es curioso, la novela fue editada hace poco en Dinamarca y a pesar de tratarse de un país tan lejano de la realidad española y de aquella época, se convirtió de nuevo, como 50 años antes en España, en inesperado best-séller. Entre tanta miseria, la mirada cándida de la joven autora y la frase limpia de su prosa, fue un prodigio. La primera de las mujeres escritoras que se rebelaron contra un país gobernado por los hombres que ganaron la guerra, y en el que el mundo femenino estaba acotado por cánones que hoy parecerían propios un régimen talibán. Fueron los años en que emergieron Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Carmen Kurtz o Mercè Rodoreda, en las letras catalanas, entre otras autoras. Carmen Laforet no pudo reeditar el éxito de su primera novela y vivió un largo silencio. Se lo explicó a Ramón J. Sender, alegando su desánimo literario, su pereza para escribir, en un contexto personal duro ­por su separación, en 1970, y la falta de una estabilidad económica­, pero también por las circunstancias generales: el clima político y social del franquismo ­con un machismo que hace que en las entrevistas deba responder cosas como si quiere más a sus hijos o a sus libros­ y por lo gris del mundillo literario, que ella ve repleto de “envidias, enemistades, rencillas”. Y ella, que no quiso adscribirse a ninguno de “estos reinos belicosos”, acabó triunfando sobre todos ellos.

Article publicat al diari “La Vanguardia” el 29/02/04

Muere Carmen Laforet, autora de Nada

La escritora catalana Carmen Laforet falleció ayer en Madrid, a los 82 años, tras un largo periodo afectada de demencia senil, según informaron fuentes cercanas a la familia. Laforet ganó el primer premio Nadal de la historia, en 1944, con la que era también su primera novela, Nada, que removió las aguas de la novelística española y es representativa de una generación femenina que reaccionó frente a los patrones paternos. Nada revitalizó la creación narrativa tras la Guerra Civil y el desconcierto que acompañó a la inmediata posguerra, al narrar la vida cotidiana de una adolescente en Barcelona, una vida donde la violencia física y verbal eran moneda corriente. La escritora nació el 6 de septiembre de 1921 en Barcelona, aunque en 1923 se trasladó con su familia a Gran Canaria, donde vivió su infancia y adolescencia. En 1939, al finalizar la Guerra Civil, regresó a Barcelona, donde comenzó sus estudios de Filosofía y Letras, que no llegó a finalizar. Ya en 1942 marchó a Madrid, donde inició la carrera de Derecho, que tampoco terminó. Pero en el Madrid de la posguerra escribió su primera novela, Nada, basada en sus propias experiencias cuando había que comer pan negro y el café no era café, los coches funcionaban con gasógeno y la miseria y el hambre eran hechos cotidianos. Tenía 21 años cuando publicó la obra. Recibió elogios de Azorín y Juan Ramón Jiménez, y por ella recibió el premio Nadal, en la edición de 1944, y un enorme éxito de público (tres ediciones en el mismo año de su publicación) y de crítica, que culminó en 1948 con el premio Fastenrath de la RAE. En 1946 se casó con el periodista y crítico literario Manuel Cerezales, de quien se separó en los años setenta y con el que tuvo cinco hijos, dos de ellos ­Cristina y Agustín­ también escritores. Su segunda novela, “La isla y los demonios”, apareció en 1950 y cinco años después conseguió los premios Nacional de Literatura y Menorca con “La mujer nueva”. En 1963, Carmen Laforet publicó La insolación, el que fue el primer volumen de una trilogía que cerró en 1967 y tituló Tres pasos fuera del tiempo, que se completó con Mis mejores páginas y Paralelo 35. Fue también autora de cuentos y relatos como La llamada (1954) o La niña y otros relatos (1970); de ensayos como Gran Canaria (1961) o Mi primer viaje a USA (1981) y de reportajes y artículos, Carmen Laforet vivió apartada de la escritura en las dos últimas décadas, aunque llegó a ser candidata al Príncipe de Asturias de las Letras en el 2002. En el 2003, su hija Cristina Cerezales publicó Puedo contar contigo, que contiene la relación epistolar entre su madre y Ramón J. Sender, un total de 76 cartas en las que la escritora explica su silencio literario y su necesidad de intimidad, que más tarde cristalizó en un distanciamiento paulatino de la vida pública. El catedrático y escritor Antonio Vilanova, que conoció a Carmen Laforet en su etapa de estudiante, calificó ayer a la escritora fallecida como una mujer reservada y muy delicada, de pocos amigos pero muy íntimos. “Hubo una época en que la traté bastante ­señaló­, porque éramos compañeros de curso en la universidad, en Barcelona, y los que gustábamos de la literatura y de escribir hicimos amistad rápidamente, aunque ella no estaba en mi grupo. Pronto nos dejó porque se fue a Madrid, tal como hace la heroína de su novela Nada.” Durante un tiempo dejaron de tratarse pero la aparición de Nada y el premio Nadal “fueron una gratísima sorpresa para los que habíamos sido sus compañeros y un motivo para vernos otra vez, cuando vino a Barcelona”. Como informaba “La Vanguardia” esta misma semana, la editorial Destino, que ha publicado buena parte de la obra de la escritora desde que ganó el Nadal, llevará a las librerías en mayo una novela inédita de la autora “Al volver la esquina”, un texto escrito en la década de los setenta y hallado ahora por la familia de la novelista. “Al volver la esquina” no vio la luz en su día porque la autora nunca devolvió las galeradas corregidas a Planeta, acaso por lo que algunos han bautizado como su “miedo escénico” o su rechazo a participar en “el paripé literario”. La novela inédita de Laforet debía haber sido la segunda parte de la trilogía “Tres pasos fuera de tiempo” y está protagonizada, pues, por los mismos personajes de la primera parte La insolación, pero bastantes años después: el pintor Martín y los hermanos Carlos y Anita, todos ellos seres complejos que habían compartido amistades estivales en la adolescencia y que se reencuentran ahora en Toledo, en una noche de lluvia. El protagonista es un pintor bohemio que busca sentido a su vida, mientras convive con una familia ajena, dada a la frivolidad. A ese extraño núcleo familiar se sumará, de manera imprevista, una niña. La nostalgia, el amor, los celos, el capricho y la amistad son los sentimientos predominantes en una historia llena de vida, casi hedonista. La publicación ahora de la obra había sido autorizada por la propia escritora ya muy enferma. El libro, según editorial Destino, supone “una notable aportación a la novela española y una novela de madurez narrativa que pone el broche de oro a la escasa y brillante obra” de la autora de Nada.

Article publicat al diari “El Mundo” el 29/02/04 per Nuria Labari

Carmen Laforet, la escritora nueva

Carmen Laforet ha fallecido en Madrid a los 82 años a causa de una larga enfermedad. Es el adiós triste y definitivo de una escritora que había decidió apartarse de la vida pública hace ya varias décadas, antes de que comenzaran los problemas de salud. Sin embargo, sus deseos de descansar en el silencio no fueron respetados por muchos, que ha continuado reclamando su obra. De hecho, Laforet nos deja para siempre en pleno resurgir de su literatura. Cuando está a punto de salir al mercado su novela inédita, Al volver la esquina, terminada hace 30 años y que la escritora decidió no publicar, en el último momento, a falta de las últimas correcciones. Sin embargo, la editorial Destino consiguió, en los últimos meses, su consentimiento y el de sus hijos para sacar a la luz esta obra. Una decisión que la editorial ha tomado dentro de su compromiso de rescatar a una de las escritoras más importantes de la literatura española cuyos títulos llevaban, en muchos casos, más de 20 años descatalogados. Las reediciones de su obra comenzaron el año pasado con La mujer nueva (Premio Nacional de Literatura) y se mantendrán a un ritmo de dos al años hasta completar su bibliografía. La Nada que cambió todo Nacida en Barcelona, Carmen Laforet se marchó a Canarias con sólo dos años para quedarse hasta los dieciocho. A esta edad se fue a Barcelona, donde estudió tres años en la Facultad de Filosofía y Letras. Después, Madrid, donde contrajo matrimonio con el periodista Manuel Cerezales, con el que tendría cinco hijos. Dos años después de llegar a la capital escribiría ‘Nada’, obra con la que obtuvo el Premio Nadal (1944) y se consagró como una de las grandes narradoras de la realidad española. La isla y los demonios (1952), La mujer nueva (1955) y La insolación (1963) vendrían después. Su obra maestra, Nada tiene sin duda un título paradójico, porque conscientemente o no, llegó a la narrativa española para cambiarlo todo. Escrita por una muchacha de veintitrés años es una novela que parecía destinada a pasar por el panorama narrativo sin hacer ruido. Una obra aparentemente íntima y no comprometida ­lo que le evitó problemas con la censura-, centrada en los conflictos de una familia que, sin embargo, simbolizó a la perfección las destrucciones generacionales de la España de esos años. Laforet supo señalar los eslabones que se rompían en un país que estaba “desapareciendo”. Una mujer convertida en símbolo Pero no sólo cargó de simbolismo su obra, sino que, seguramente sin quererlo, ella misma se convirtió en símbolo. El éxito rotundo de una mujer en la España franquista con sólo veintitrés años abría un panorama de esperanzas y expectativas. De cambio. Una nueva forma de contar bullía en Nada. Una literatura evocadora, mágica, con una potencia narrativa fuera de toda duda. De hecho, es posible que Carmen Laforet fuera la primera novelista mujer que llegó a todos los sectores en España. Su literatura fue capaz de atravesar la sociedad y su influencia llegó incluso más lejos que la de otras grandes escritoras, como Rosa Chacel o Mercé Rodoreda. “El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvían todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida”. Así se expresa la protagonista de Nada en las primeras páginas. Una muestra diminuta pero de por sí significativa. Un botón que muestra cómo la obra de Laforet sigue despierta, actual. Viva.

Article publicat al diari “El Periódico” el 29/02/04

Adéu a la noia rara

Carmen Laforet, l’autora de Nada, una de les novel.les fonamentals de la postguerra espanyola, va morir ahir a Madrid als 82 anys. L’escriptora que fa anys vivia reclosa i que no publicava des de fa dues dècades, serà incinerada avui en un acte íntim al cementiri de l’Almudena. L’autora era víctima des de feia anys d’una malaltia degenerativa que li afectava la memòria. Un dels seus cinc fills és el també escriptor Agustín Cerezales. Nascuda a Barcelona el 1921, Laforet va passar la infància i la joventut a les Canàries, però va tornar a la capital catalana als 18 anys per estudiar les carreres de Filosofia i Lletres i Dret. A Barcelona es va instal.lar a casa de l’àvia paterna, situada al carrer d’Aribau. Aquell entorn estudiantil és el que va aparèixer cinc anys més tard a la seva primera novel.la, Nada, escrita a Madrid. Amb Nada es va alçar com a guanyadora de la primera edició del premi Nadal, el 1944. La carrera de crítica i de públic de l’obra va ser fulgurant. Un meteor. Només al cap d’un any de la publicació se’n van fer tres edicions i el 1948 va obtenir el prestigiós premi Fastenrath de la Real Academia Española. La novel.la va ser una de les grans renovadores de la grisa novel.lística de postguerra, comparable a La familia de Pascual Duarte, de Cela, o d’El camino, de Delibes.

POR ESCÈNICA

Després va venir la por escènica. L’autora es va allunyar de l’univers literari fins al 1952 amb la segona novel.la, La isla y los demonios. Sis anys després va publicar La mujer nueva, obra per la qual va obtenir el premi Menorca i el Premio Nacional de Literatura. El 1963 es va editar La insolación, primera part d’una trilogia que no va arribar a completar. El 1970 va publicar La niña y otros relatos. Posteriorment, el seu caràcter retret, la dedicació a la família –es va casar amb Manuel Cerezales i va tenir cinc fills– i després la malaltia la van sumir en un llarg silenci literari. En els últims anys, gràcies a la promoció del professor portoriqueny Israel Rolón, estudiós de la seva obra, editorial Destino ha recuperat alguns inèdits de l’autora. És el cas de la correspondència entre Carmen Laforet i Ramón J. Sender, que es van cartejar entre el 1965 i el 1975. A més a més, ha recuperat la novel.la La mujer nueva, que narra en clau d’autobiografia espiritual el procés de conversió religiosa d’una dona casada que decideix transformar la seva vida. “Era una dona molt reservada i molt delicada, de pocs amics però molt íntims”. Així l’ha definit l’escriptor Antonio Vilanova, que la va conèixer en els anys en què ella estava gestant Nada.

Article publicat al diari “El País” el 29/02/04 per Josefina Aldecoa

Una muchacha ante el desconsuelo

Está nevando. Desde mi ventana veo los copos menudos y densos que descienden de un cielo gris. Los árboles desnudos reciben la caricia pasajera de la nieve que se desliza hasta el suelo y va cubriendo de una delgada capa los paseos, el borde de piedra del estanque. Una melancolía suave me invade, me acongoja. Todavía está lejos la primavera. Suena el teléfono. Es Amelia Castilla. “Ha muerto Carmen Laforet”, me dice. Y todo el invierno se me viene encima. El invierno con las ramas desnudas de los macizos y la tierra helada bajo la nieve. Era 1945, el mes de mayo. Acababa de salir a la venta una novela, I Primer Premio Nadal, escrita por una mujer. La novela se titula Nada, un título fascinante. La autora es una joven de 23 años, Carmen Laforet, llegada de una isla brillante y lejanísima en aquel momento: Las Palmas de Gran Canaria. Enseguida busqué aquella novela. “Necesito leerla”, me decía. Carmen Laforet es poco mayor que yo. ¡Y ha escrito una novela! Desde mi infancia yo era una gran lectora. En 1945 ya había escrito algunos versos que no me atrevía a dar a nadie para que los leyera. Y un cuento, el primero, que se titulaba Llorar en primavera. El libro de Carmen Laforet me atrajo desde el primer momento, desde el premio y el título y las primeras fotografías que vi en la prensa. Una muchacha interesante y tímida. Tenía un aire adolescente que rejuvenecía sus 23 años. Al leer su novela tuve una extraña sensación que no había sentido hasta entonces, a pesar de mis lecturas apasionadas de infancia, adolescencia y juventud, de Madame Bovary, de Cumbres Borrascosas, que eran algunos de mis descubrimientos de entonces. Andrea, la protagonista-narradora de Nada, testigo de una etapa tristísima de la vida española en una ciudad, Barcelona, en la que va a iniciar sus estudios universitarios, me transmitía el autoanálisis fascinante de sus sensaciones, sus sentimientos, sus descubrimientos, su soledad. Por las páginas del libro transcurren en la atmósfera asfixiante de su familia unos personajes vencidos y extraños, encerrados en un mundo sórdido. Andrea descubre en la universidad el mundo de los jóvenes compañeros, de sus contemporáneos. Escribe la novelista: “La verdad es que me llevaba a ellos un afán indefinible que ahora puedo concretar como un instinto de defensa: sólo aquellos seres de mi misma generación y de mis mismos gustos podían respaldarme y ampararme contra el mundo un poco fantasmal de las personas maduras”. A esta novela de Carmen Laforet siguieron otras hasta completar una obra sorprendente en el tiempo que fue escrita. Un tiempo que se deslizaba entre la atonía y la vulgaridad de un país encerrado en sí mismo, aislado del mundo real de más allá de nuestras fronteras. Y para el escritor, con el temor constante de la censura que había que ejercer sobre uno mismo antes de empezar a escribir. Carmen Laforet escribió una novela claramente existencialista. El vacío, el desconsuelo, el caminar sin rumbo, “el ser para la nada” están ahí, en las páginas de su novela. La desaparición de Carmen Laforet me sume en una tristeza especial. El final de la década de los cuarenta y el principio de los años cincuenta son ya definitivamente historia literaria. Y ella, Carmen, la adolescente sensible, la jovencísima triunfadora con un libro que expresaba lo que tantos sentíamos, ocupa el primer lugar en esa historia. El lugar privilegiado de los que rompen los esquemas falsos y aburridos de su tiempo.

Article publicat al diari “El País” el 29/02/04 per Benjamín Prado

Muere Carmen Laforet, cronista del vacío

Cuando la noche del 6 de enero de 1945 se dio a conocer, al final de una cena celebrada en el café Suizo de Barcelona, el nombre de la ganadora del primer premio Nadal, creado por algunos miembros del semanario Destino como un homenaje a su joven redactor-jefe Eugenio Nadal, muerto ocho meses antes, nadie sabía quién era aquella mujer de 23 años, llamada Carmen Laforet, que había logrado el galardón, imponiéndose a autores tan célebres en la época como César González Ruano, con una novela fascinante y de extraño título: Nada. Muy poco tiempo después, la autora y el libro, que trazaba un desolador relato de nuestra oscura posguerra a partir de la historia de una joven, Andrea, que iba a Barcelona a alojarse en casa de unos lóbregos familiares, se habían hecho célebres, Nada era consideraba la mejor novela española contemporánea junto a La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, después de ser el libro más vendido del momento y de recibir el prestigioso premio Fastenrah, de la Real Academia de la Lengua Española, y un torrente de alabanzas que incluía artículos firmados por Juan Ramón Jiménez -de un poema suyo salían el título y la cita inicial de la obra de Laforet-, Azorín -que llegaba a compararla con Dostoievski y con Pío Baroja- o Miguel Delibes. Hoy día, casi sesenta años después, Nada sigue siendo juzgada de forma unánime como una obra ineludible; es la novela más traducida de nuestro idioma tras El Quijote y La familia de Pascual Duarte; ha sido y sigue siendo estudiada en cientos de tesis doctorales en todo el mundo; se reedita de manera continua; ha conocido dos versiones cinematográficas y le ha asegurado a Carmen Laforet un puesto de honor en la historia de nuestra narrativa. Sin embargo, su autora nunca disfrutó demasiado de todo aquel éxito fulminante e inextinguible, tanto por razones personales como literarias. Con respecto a las primeras, Laforet huyó desde el primer momento de la fama, y las energías que la mayor parte de los escritores dedican a dejarse ver, ella las dedicó a esconderse y buscar una existencia apartada, que le parecía la más lógica para un creador, como viene a decir en un texto de febrero de 1969 en el que habla de Xavier Zubiri: “El autor no había aparecido ante las cámaras de TV, ni había concedido entrevistas populares, ni creo que no populares tampoco. No había hecho anuncio de su libro, no había firmado ejemplares en público. El autor del libro (…) ha elegido siempre la senda callada de los sabios”. Con respecto a las razones literarias, Carmen Laforet nunca estuvo muy contenta con Nada, que consideraba, por sorprendente que pueda parecer, un libro inmaduro y lleno de fallos. Su perfeccionismo la llevó, consecuentemente, a escribir y publicar poco, apenas otras tres novelas en 11 años -La isla y los demonios, en 1952; La mujer nueva, en 1955, y La insolación, en 1963-, además de siete novelas cortas y algunos cuentos. La insolación fue anunciada como el primer tomo de una trilogía que nunca llegó a completar. La isla y los demonios continuaba en muchos aspectos el camino de Nada, aunque la acción no transcurra en Barcelona, sino en Gran Canaria, donde la escritora había pasado su adolescencia. Pero su dura historia de una familia que pasa los años de la Guerra Civil apresada a la vez en la viscosa telaraña del drama histórico, visto a lo lejos desde las islas, guarda muchos puntos de conexión con el ambiente opresivo y desesperanzado que la autora había construido en su primera novela. La mujer nueva es, sin duda, el mayor fracaso de Laforet y un libro que refleja uno de los rasgos más extravagantes de su naturaleza, que consistía en dejarse llevar por intuiciones súbitas y decisiones radicales. En este caso, lo que refleja es el cambio espiritual de Carmen Laforet tras haber tenido, de pronto, una especie de visión mística que la hizo volcarse en la fe católica. La lejanía que debió ver entre la pura doctrina religiosa y la realidad de la Iglesia la hizo sufrir, sin embargo, una severa decepción. El célebre silencio de Carmen Laforet, que ha durado cuarenta años, empezó al acabar La insolación. Antes de eso, la escritora barcelonesa había publicado, siempre para incluirlas en conocidas colecciones semanales de los años cincuenta, una serie de extraordinarias novelas breves, que se cuentan entre lo mejor de su producción: El piano (1952), Un noviazgo (1953), La niña y Los emplazados (ambas en 1954) o La muerta (1952). La insolación inauguraba, teóricamente, una trilogía que iba a llamarse Tres pasos fuera del tiempo y cuyos dos siguientes tomos serían Al volver la esquina y Jaque mate. Laforet explicó en el prólogo a La insolación que las tres novelas podían leerse independientemente, pero sus personajes serían los mismos, abordados sucesivamente en su infancia, su juventud y su madurez. La escritora trabajó obsesivamente en la segunda entrega del ciclo, e incluso llegó a enviar el manuscrito a la editorial Planeta, pero cuando le enviaron las galeradas para que las corrigiese entró en un proceso cada vez más depresivo e insatisfactorio de reescritura del texto, en una reorganización interminable con continuos ajustes, tachaduras y depuraciones que cada vez parecían llevar el libro más lejos de su intención inicial. El resultado es que Carmen Laforet jamás devolvió esas pruebas y Al volver la esquina ha permanecido inédito justo hasta ahora, cuando los hijos de la novelista acaban de anunciar la salida de la obra para el próximo mayo. Contra la idea aceptada de que Laforet se retiró voluntaria y definitivamente de la escritura tras publicar La insolación, ahora sabemos que nunca dejó de escribir y que durante décadas intentó concluir a su gusto, sin conseguirlo, su proyecto más ambicioso, esta trilogía que se llama Tres pasos fuera del tiempo y que quizá sí llegue a conocerse, si se encuentra una misteriosa maleta llena de originales que Laforet le dejó a un conocido en Roma, donde vivió algún tiempo, y que éste nunca ha devuelto a la familia. En esa maleta debe haber, entre otras cosas, una gran cantidad de páginas de Jaque mate, el tercer tomo de la trilogía. A comienzos de los setenta, Carmen Laforet decidió separarse de su marido, el periodista Manuel Cerezales, con quien tuvo cinco hijos, y buscar una vida nueva, independiente, que la permitiera concentrarse en escribir. Viajó a París y a Roma, donde trabó amistad con Rafael Alberti y María Teresa León y conoció a María Zambrano. Es curioso, pero la libertad no le sirvió de nada, y antes de caer en un nuevo silencio, agravado por una enfermedad psicológica que acabó con ella en una residencia geriátrica, apenas pudo completar Diario de Carmen Laforet, que publicó por entregas en Abc, y media docena de artículos de opinión que aparecieron en los ochenta en “El País” y que son sus últimos textos conocidos. Ahora, cuando su ausencia de cuatro décadas estaba a punto de atenuarse con la salida de Al volver la esquina, Carmen Laforet entró ayer en un silencio sin vuelta atrás. Sus libros, sin embargo, no la dejarán callar: cuando los escritores esenciales hablan, lo hacen para siempre.

Article publicat al diari “Avui” el 29/02/04

Mor Carmen Laforet, l’autora de Nada

La mort de Carmen Laforet, que patia des de feia uns anys demència senil, significa la desaparició d’una autora que va encapçalar una generació d’escriptores que van saber reaccionar davant els estrictes rols paterns dels anys 40 i 50. Amb la notícia de la seva mort, ahir a Madrid als 82 anys d’edat, es va saber que la seva editorial de sempre, Destino, té previst publicar el mes de maig una novel·la inèdita seva, Al volver la esquina, escrita durant la dècada dels setanta i trobada recentment per la família de la novel·lista. Barcelonina de naixement Nascuda a Barcelona el 6 de setembre del 1921, es va traslladar amb la seva família a Gran Canària dos anys més tard i hi va viure la infància i l’adolescència. L’any 1939, en acabar la Guerra Civil, Laforet va tornar a Barcelona, on va començar a estudiar Filosofia i Lletres, carrera que no va acabar. L’any 1942 es va traslladar a Madrid i va iniciar una altra carrera, la de Dret, però tampoc no la va acabar. Tot i així, va aprofitar aquells anys a la capital d’Espanya per escriure la seva primera novel·la, Nada, basada en les experiències de la misèria de la postguerra i on va començar a posar en dubte el paternalisme de la societat d’aleshores. Aquell primer llibre li va valdre, a més d’elogis d’Azorín i Juan Ramon Jiménez, la consecució del premi Nadal en la seva primera edició, l’any 1944. Casada amb el crític literari Manuel Cerezales des del 1946 fins a l’any 1970, va tenir cinc fills, dos dels quals, Cristina i Agustí, han seguit la carrera literària. La seva segona novel·la, La isla y los demonios, va apareixer el 1950, i el 1955 va aconseguir els premis Nacional de Literatura i Menorca amb La mujer nueva. La seva obra va continuar el 1963, amb la publicació de La insolación, la primera part de la trilogia titulada Tres pasos fuera del tiempo, que es va completar el 1967 amb l’edició de Mis mejores páginas i Paralelo 35. A més de novel·les, Laforet va escriure contes, relats, assajos, reportatges i articles. Tot i que va ser candidata al premi Príncep d’Astúries de les lletres l’any 2002, Laforet va viure apartada de l’escriptura durant els últims vint anys. L’any passat la seva filla, Cristina Cerezales, va publicar el llibre Puedo contar contigo, que conté la relació epistolar de Carmen Laforet amb Ramón J. Sender al llarg de 76 cartes. A aquest llibre s’hi afegirà ara l’edició pòstuma d’Al volver la esquina, prevista per al mes de maig per la seva editorial de sempre.

Article publicat a “La Vanguardia” el 03/07/2003 per Xavier Ayén

Las cartas de Laforet y Sender revelan por qué dejó de escribir la autora de Nada

Carmen Laforet cumplirá 82 años el próximo mes de septiembre. La autora de Nada, la novela que ganó el primer premio Nadal en 1944 ­y que sigue vendiendo unos 7.000 ejemplares anuales­, tendrá un motivo de alegría, pues Destino ha decidido reeditar sus obras a partir de entonces. Como prólogo, ahora aparece el volumen Puedo contar contigo, la correspondencia inédita que mantuvo con Ramón J. Sender entre los años 1965 y 1975, que refleja un alto grado de intimidad así como las claves del silencio narrativo de Laforet, que publicó su último libro en 1970. Cristina Cerezales, hija de la escritora ­a la que una enfermedad senil impide el habla­, explica: “Mi madre y Sender se conocieron en 1965, en EE.UU. ­donde él estaba exiliado­, en la visita que ella realizó invitada por el Departamento de Estado”. Entre ambos encuentros media una intensa relación epistolar que ahora aparece editada por Israel Rolón Barada. Laforet le confiesa a Sender su desánimo literario, su pereza para escribir, en un contexto personal duro ­por su separación, en 1970, y la falta de una estabilidad económica­, pero también por las circunstancias generales: el clima político y social ­con un machismo que hace que en las entrevistas deba responder cosas como si quiere más a sus hijos o a sus libros­ y por lo gris del mundillo literario, que ella ve repleto de “envidias, enemistades, rencillas”. Laforet no quería adscribirse a ninguno de “estos reinos belicosos”, por lo que, asegura, la consideraban “enemiga de todos. O tonta, o malvada, o lo que sea. Yo no soy luchadora”. El infatigable Sender es su antítesis, y la anima constantemente a que escriba: “Robe tiempo al tiempo y escóndase y siga trabajando en (…) lo que nadie puede hacer sino usted. Tiene un gran talento que no es ya propiedad suya sino de todos nosotros”. Laforet habla también a Sender de su desencanto de la España franquista, y Sender le confiesa que “el césar pequeñito” es la única persona a la que guarda rencor. El autor de Réquiem por un campesino español detallará a su amiga sus crisis de ansiedad “porque no me avengo a ser viejo”. La religiosidad es otro tema de las cartas, pues ambos creen en Dios ­con distintos matices­ y comparten una devoción hacia santa Teresa. El volumen se inicia con la carta de felicitación ­no respondida entonces­ que envió Sender a Laforet tras la lectura de Nada en 1947. Rolón admite que “debe de haber más cartas, pero no han aparecido”.

Article publicat a “El País” el 01/12/01 per Javier Rodríguez Marcos

Esa chica rara

Esa chica rara, lo dijo Carmen Martin Gaite, es Andrea, una muchacha que en octubre de 1939, llega a Barcelona para instalarse en una casa de la calle Aribau. Allí le espera una grotesca corte de los milagros formada por su abuela, su tía Angustias y el explosivo triángulo que forman sus tíos Román y Juan y la mujer de éste, Gloria, cuya vida es “como una novela de verdad”. Lejos de esas cuatro paredes en las que el aire que se respira tiene más ácido que oxígeno, Andrea busca la libertad de la calle y de la Universidad y la problemática complicidad de su amiga Ena -”me hizo sentirme todo lo que no era: rica y feliz”-. Con esta historia de iniciación que deriva en tragedia, Carmen Laforet, de 23 años, ganó en 1944 la primera edición del Premio Nadal. Pese a que en los años siguientes publicó novelas como La isla y los demonios (1952) o La mujer nueva (1955), Laforet ha pasado a la historia como la autora de Nada, una obra que, con La familia de Pascual Duarte, publicada por Camilo josé Cela en 1942, juega en los manuelas el tópico y milagroso papel de reanimadora de la narrativa española de la primera posguerra, aquel tiempo en que la mitad de los escritores en ejercicio hasta 1936 estaban en silencio, en el exilio o en la tumba.
“¿Cuántos días sin importancia” Los días sin importancia que habían transcurrido desde mi llegada me pesaban encima, cuando arrastraba los pies al volver de la Universidad. Me pesaban como una cuadrada de piedra gris en el cerebro”. De esos días trata esta novela, más existencial que social, en la que la reciente derrota de una ciudad y de una familia es un paisaje mudo cuya realidad directa se oculta, pero de la que, eso sí, se revelan las consecuencias más crudas. Con un estilo espontáneo, Carmen Laforet, consiguió escribir una novela viva, urbana y contemporánea presentada ahora con el rigor debido a un clássico por Domingo Ródenas de Moya en versión popular de la colección dirigida por Francisco Rico. “Tienes que andar menos y pisar con más cuidado”. Es el consejo que Andrea recibe de su abuela cunado ésta se percata del desgaste de las suelas de sus zapatos con el relato de Laforet delante, parece un aviso parla los incontinentes narradores de hoy.

Links

http://www.escritoras.com/indice/escritora.asp?Ella=laforet